“Cumbamba”: el policía que ha visto morir a sus compañeros, enterró sus tristezas y jamás dejó de amar el uniforme

Con 43 años de servicio, Pedro Salcedo Ramos guarda en su memoria las heridas, alegrías y sacrificios de toda una generación. En vísperas del aniversario 135 de la Policía Nacional, su historia es un homenaje al patrimonio vivo de los colombianos.
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A “Cumbamba” la vida le ha dado más golpes que abrazos. Le puso la muerte cerquita, le arrebató compañeros, lo dejó viudo y le fue pintando la cabeza de blanco. Pero, ¡qué cosa tan bonita!, todavía se le iluminan los ojos cuando habla de su Policía. Son 43 años de servicio y aquel hombre, que ha visto pasar casi media vida detrás de un volante, no ha encontrado una razón suficientemente grande para dejar de amar el uniforme.

Su nombre de pila es Pedro Salcedo Ramos. Nació en Bogotá, pero la vida se encargó de volverlo costeño. De muchacho recorría las carreteras junto a su padre, Benjamín, en un viejo camión Mack cargado de ganado. Allí aprendió que para llegar lejos había que madrugar, trabajar duro y no tenerle miedo a los caminos difíciles.

Antes de convertirse en policía, conoció el rebusque. A los 14 años trabajaba fabricando neveras y después terminó repartiendo gaseosas en Cartagena. El destino lo fue llevando de un oficio a otro hasta que, en junio de 1983, decidió vestir de verde oliva. No sabía entonces que aquella elección terminaría convirtiéndose en el amor más duradero de su existencia.

Lo de “Cumbamba” fue un bautizo de sus compañeros por aquella mandíbula pronunciada que siempre lo ha distinguido. Y vea usted las vueltas de la vida: el apodo terminó siendo más famoso que su propio nombre. En las estaciones donde ha trabajado, muchos lo recuerdan por su manera de ser, sus ocurrencias y esa experiencia que no se aprende en ninguna academia.

Pero no todo fueron risas. En los Montes de María le tocó vivir días en los que salir de servicio significaba no saber si regresaría. Conoció de cerca la violencia, sintió el peligro y sufrió la pérdida de hombres con quienes había compartido el deber. Hay nombres que todavía deben dolerle, porque uno puede acostumbrarse a las despedidas, pero jamás a la ausencia de un amigo.

Una vez, mientras llevaba agua hacia una unidad policial, tuvo que atravesar un retén guerrillero. Iba vestido de civil, con gorra y abarcas, procurando no despertar sospechas. Siguió adelante sin que lo reconocieran. Aquella jornada pudo convertirse en la última de su historia, pero logró salir de allí para continuar contando lo sucedido.

También estuvo en El Carmen de Bolívar durante aquellos turbulentos días de 1989, cuando custodiar y trasladar material electoral era una responsabilidad rodeada de amenazas. No había cámaras siguiendo cada recorrido ni aplausos esperando al final. Solamente hombres cumpliendo una misión en medio de una Colombia que sufría por la violencia.

Sin embargo, el dolor más grande no llegó con los peligros del oficio. Apareció cuando tuvo que despedirse de su esposa, la mujer con quien había compartido una parte fundamental de sus días. Entonces comprendió que hay silencios más duros que cualquier enfrentamiento. Sus hijos y la devoción por la Virgen del Carmen fueron convirtiéndose en razones para seguir adelante.

Hoy todavía encuentra felicidad en las cosas sencillas: una partida de billar, el fútbol o una canción de Leonardo Favio y Leo Dan. En julio de 2025 recibió un homenaje por su larga trayectoria. Muchos de sus antiguos compañeros ya descansan en casa, mientras él continúa aferrado a esa vocación que parece no conocer el cansancio.

Y ahora que la Policía Nacional está a punto de cumplir 135 años, este 5 de noviembre, vale la pena mirar a hombres como Pedro Salcedo Ramos. Porque el patrimonio vivo de los colombianos también tiene rostro de abuelo, manos trabajadoras y recuerdos que caben en una patrulla, pero no en un libro. “Cumbamba” entregó su juventud al servicio, dejó los mejores años de su vida entre carreteras y estaciones, y todavía conserva algo que el tiempo no ha podido llevarse: el orgullo de ser policía. ¡Y eso, señores, no se jubila!

135 Años Policía Nacional 

Dios y patria.