Resolución No. 0163 de 27-03-2026
Resolución No. 0161 de 27-03-2026
Resolución No. 0160 de 27-03-2026
solicitud prorroga ticket No 860164-20260317
Desarticulado en Barranquilla a “Los Occidentales”, estructura criminal dedicada al microtráfico
La Policía Nacional en Barranquilla logró la desarticulación de una estructura delincuencial conocida como “Los Occidentales”, dedicada al microtráfico de estupefacientes en la ciudad.
Mediante dos diligencias de allanamiento y registro, las autoridades efectuaron cinco capturas: tres por orden judicial y dos en flagrancia. Durante los operativos fueron incautados 214 cigarrillos de marihuana y 12 papeletas de base de coca, sustancias que eran distribuidas en distintos sectores de Barranquilla.
Las investigaciones permitieron establecer que esta organización instrumentalizaba menores de edad para la distribución de drogas y operaba desde tres inmuebles utilizados para la comercialización y almacenamiento de estupefacientes, así como para evadir los controles de las autoridades.
De acuerdo con las autoridades, este grupo delincuencial obtenía rentas criminales superiores a los 20 millones de pesos mensuales. Además, sus integrantes registran más de ocho anotaciones judiciales por delitos como hurto, tráfico de estupefacientes y porte ilegal de armas.
El brigadier general Miguel Andrés Camelo Sánchez, comandante de la Policía Metropolitana de Barranquilla, manifestó:
“Estas acciones reflejan nuestro compromiso con la seguridad y la tranquilidad de los ciudadanos. Continuaremos ejecutando operaciones contundentes contra el microtráfico y la delincuencia organizada en nuestra ciudad”.
La Policía Nacional reiteró su compromiso con la seguridad ciudadana y aseguró que continuará adelantando acciones para combatir el microtráfico y la criminalidad en Barranquilla.
Ofensiva frontal contra el microtráfico
En el marco del despliegue del Bloque de Búsqueda contra el Multicrimen, la Policía Nacional en Dosquebradas logró, en las últimas horas, la incautación de 2.329 dosis de marihuana, con un peso aproximado de 77 kilogramos, así como más de 1.000 dosis de base de coca y bazuco, asestando un nuevo golpe al microtráfico en el municipio.
Durante el procedimiento fue capturado alias “Tuto”, señalado como uno de los principales dinamizadores del microtráfico en esta jurisdicción.
La acción operativa se desarrolló mediante diligencia de allanamiento y registro en una vivienda ubicada en el barrio La Rivera Baja, en el marco de la operación “Los Guamos”, donde se hallaron las sustancias estupefacientes listas para su distribución.
De acuerdo con las investigaciones, los estupefacientes incautados generarían una renta criminal superior a los 70 millones de pesos, recursos que alimentaban las economías ilegales en la zona.
Alias “Tuto” sería presuntamente el encargado de surtir expendios móviles en sectores como Libertadores y Los Guamos, afectando directamente la seguridad y la convivencia de la comunidad.
La Policía Nacional continúa avanzando de manera decidida en la ofensiva contra el microtráfico en Dosquebradas. El mensaje es claro: no escatimaremos esfuerzos para perseguir y capturar a quienes alteran la tranquilidad ciudadana.
El hombre que empuja la vida y la mano que no lo dejó solo
Cuando otros niños apenas comenzaban a dar sus primeros pasos, él ya libraba una batalla silenciosa. Una fiebre alta, un diagnóstico que cayó como un trueno: meningitis. Después, otro golpe. Y luego las secuelas… de esas que no se van, que se quedan para siempre.
Desde entonces, sus piernas se detuvieron. Pero su espíritu no. Porque si algo define a Sixto no es lo que le falta, sino lo que le sobra: coraje.
“Gracias a Dios yo estoy aquí…”, dice, y no es una frase hecha; es una forma de entender la vida.
Su historia no solo está marcada por la enfermedad. También por el abandono. Su madre se fue. Y en ese vacío —donde muchos se quiebran— apareció alguien que decidió quedarse. Doña Flor Hurtado Jinete no lo trajo al mundo, pero lo sostuvo cuando todo parecía derrumbarse.
“Yo soy como el papá y la mamá de él”, dice. Y en esa frase cabe toda una vida de sacrificios.
A su alrededor, el amor no ha sido perfecto, pero sí constante. De esos que no hacen ruido, pero sostienen. De esos que llegan en forma de comida caliente, ropa limpia o una mano que ayuda sin preguntar. Porque cuando todo falla, el amor que se queda es el que salva. Y con ese amor, Sixto ha aprendido a luchar cada día contra los obstáculos.
A sus 30 años, recorre cinco kilómetros en una vieja silla de ruedas desde el barrio El Pondo hasta la plaza de Arjona, bajo un sol inclemente, entre calles difíciles y miradas que a veces pesan. Va y vuelve. Siempre vuelve.
Sobrevive de su pequeño emprendimiento: una chacita casi vacía, donde a veces hay más ganas que productos. Lo poco que vende apenas alcanza, pero para él no es solo un ingreso… es su dignidad hecha esfuerzo.
“Un día bueno son quince mil… un día malo, diez mil”, dice, y sonríe. Sonríe sin negociar con la tristeza, sin rendirse. Porque Sixto no se queja. Sixto resiste, incluso cuando la vida parece darle siempre lo mínimo.
Aunque a veces lo engañen.
Aunque el cuerpo no siempre responda.
Aunque la vida no juegue limpio.
Él sigue creyendo.
“Dios es el que me da fuerzas”, repite. Y quizá por eso no se endurece. No pierde la risa. No deja de confiar.
Pero hay días en que el camino no solo pesa… aplasta. Días en que los brazos no arden, sino que se rinden en silencio; en que la silla cruje como si también estuviera cansada de luchar. Días que nadie ve. Que nadie aplaude. Que el mundo ignora.
Y fue en uno de esos días cuando algo cambió.
Entre tanta indiferencia, alguien se detuvo. El teniente Andrés Rivera no solo lo miró… lo reconoció. Vio más allá de la silla gastada y las llantas vencidas. Vio el esfuerzo. La dignidad empujada metro a metro.
Y sin cámaras, sin discursos, sin aplausos, entendió lo esencial: que a veces salvarle el día a alguien no requiere grandeza, solo humanidad.
Actuó.
Le cambió las llantas.
Un gesto simple. Pero en la vida de Sixto no hay gestos pequeños. Porque para quien empuja su mundo con las manos, una rueda nueva es seguir avanzando. Es alivio. Es esperanza.
Y allí se cruzaron dos fuerzas poderosas:
la resistencia de quien no se rinde
y la humanidad de quien decide ayudar.
Hoy, Sixto sigue recorriendo las calles. Sigue vendiendo. Sigue sonriendo. Pero ahora también lleva algo más: la certeza de que no está completamente solo.
Y aunque casi nunca lo diga, hay un sueño que rueda con él en cada trayecto:
una silla nueva.
No para huir de la lucha —porque no sabe vivir sin ella—,
sino para que avanzar no duela tanto.
Porque Sixto no pide lástima.
Ni milagros.
Ni que le resuelvan la vida.
Solo quiere algo justo, algo humano:
que el peso no recaiga siempre sobre sus manos,
que el camino no sea siempre cuesta arriba,
y que, de vez en cuando, alguien se detenga,
lo mire de verdad…
y decida empujar con él.
Coraza y palabra: La historia del policía comunicador
Por: Emilio Gutiérrez Yance
En el barrio Sur de Magangué, a orillas del río Magdalena —donde el agua arrastra historias como si fueran parte de su propia corriente— creció un niño que aprendió a leer el mundo antes que los libros. Su escuela fue el vaivén de las canoas cargadas de sustento, la danza plateada de la subienda del bocachico y esas noches caribeñas en las que el calor se convierte en un peso que no deja dormir.
En la biografía de Jorge Orozco, la luz no llegó con el sol, sino con el destello intermitente de las balizas. En medio del silencio de la barriada, el paso de una patrulla con sus luces rojas y azules no representaba miedo, sino protección. Mientras otros niños temían a la oscuridad, él sentía que alguien velaba por su descanso. Allí, entre paredes atravesadas por reflejos policiales, nació una vocación inquebrantable que hoy, 22 años después, continúa latiendo bajo el uniforme de la Policía Nacional, donde se desempeña como intendente en jefe.
Su trayectoria no ha sido lineal, sino una suma de decisiones, sacrificios y aprendizajes que difícilmente caben en un informe. En ese recorrido hubo un punto de inflexión: la decisión de estudiar Comunicación Social en la Universidad Nacional Abierta y a Distancia, en Corozal. No fue un camino cómodo, sino un ejercicio constante de disciplina. “Por los traslados, la única forma era estudiar virtual, a distancia; tocaba hacerlo cuando se pudiera”, recuerda. Entre turnos, cambios de ciudad y responsabilidades institucionales, estudiar no era únicamente una meta académica, sino una forma de resistencia personal.
El verdadero desafío, sin embargo, no fue solo académico. Cuando fue trasladado a Cundinamarca, el choque cultural fue inmediato. El Caribe que llevaba en la voz y en los gestos se encontró con la sobriedad del interior del país. El acento lo delataba, así como las palabras y el ritmo de hablar. “El choque es tremendo… incluso el cerebro te traiciona”, admite. Aprendió entonces a modular su lenguaje, a adaptarse y a entender otros códigos culturales. Esa transición también se reflejó en lo profesional: recuerda cómo sus primeras piezas gráficas fueron rechazadas por tener “demasiados colores”, como si la estética caribeña no tuviera cabida en otros contextos. Allí comprendió que comunicar también implica traducir realidades culturales.
Pero fue en Luruaco, Atlántico, donde su vocación y su formación encontraron un punto de convergencia. Al frente del programa comunitario “Cuéntele al comandante”, su voz se convirtió en un puente con la ciudadanía. Muchos no lo conocían físicamente, pero sí lo identificaban al escucharlo. “Llegábamos a atender un caso y la gente decía: ‘Ey, aquí está el viejo Orozco’”. No era únicamente comunicación institucional; era confianza construida desde la cercanía y la empatía.
El día de su traslado, líderes comunitarios intentaron evitar su partida e incluso promovieron la recolección de firmas. “Me tocó hablar con ellos y explicarles que era un paso en mi carrera”. En ese momento entendió que había logrado algo que no se impone ni se decreta: legitimidad ante la comunidad.
En ese mismo territorio trabajó con la Policía Comunitaria y el programa de Cívica Juvenil, formando a jóvenes que hoy continúan en contacto con él. Algunos ingresaron a la Policía Nacional y otros siguieron caminos profesionales distintos. “Aún me escriben y agradecen lo que aprendieron”. Es la evidencia de un impacto que no se mide en estadísticas inmediatas, sino en vidas transformadas con el paso del tiempo.
Su experiencia en el Cauca le mostró uno de los contrastes más profundos del país. Llegó con la idea de un territorio marcado exclusivamente por la violencia y encontró, además, una región de enorme riqueza natural, agrícola y humana. Sin embargo, la realidad del conflicto apareció rápidamente. Recién llegado, vivió las secuelas de un atentado contra instalaciones policiales: más de seis artefactos explosivos habían impactado el lugar, dejando destrucción a su paso. “En medio de los daños, vi una esquirla incrustada en un árbol, casi atravesándolo. Si eso hubiera impactado a una persona, otra sería la historia”. Comprendió entonces que la guerra no solo se observa: también se siente y se aprende a enfrentar.
En ese mismo escenario, el dolor tomó nombre propio con la muerte de un compañero: el subintendente Daza, oriundo de Bolívar, Cauca, asesinado durante sus vacaciones con un disparo en la cabeza. “Era un buen ser humano; me dolió mucho”. En momentos así, la vocación deja de ser una idea abstracta y se convierte en una carga emocional que acompaña cada decisión.
A lo largo de su carrera, en lugares como el crucero de Pandiguando, en El Tambo, Cauca, reafirmó una convicción profunda: el liderazgo no depende del rango. Observó cómo, en medio de condiciones complejas, algunos hombres guiaban a otros no desde la jerarquía, sino desde la capacidad de inspirar. “El liderazgo no es de grado; es de personas que nacen para llevar a otros a cumplir un objetivo”.
Hoy, como responsable de la comunicación estratégica de la Región de Policía No. 8, Jorge Orozco, nacido el 18 de enero de 1985, habla desde la experiencia construida en el territorio: en largas noches de servicio, en decisiones difíciles y en aprendizajes silenciosos que permanecen con el tiempo. Comprende que comunicar trasciende el acto de informar; es, sobre todo, la capacidad de construir puentes en contextos donde la confianza no se presume, sino que se gana día a día.
A sus 41 años, su historia no se percibe como una meta alcanzada, sino como un proceso en permanente construcción. Uno que comenzó a orillas del río Magdalena y que hoy fluye en cada mensaje que construye, en cada comunidad que escucha y en cada historia que traduce. Porque hay trayectorias que no solo se narran: se encarnan. Y la de Jorge Orozco es la prueba de que servir también puede hacerse desde la palabra, con la misma firmeza con la que alguna vez soñó, siendo niño, bajo las luces de una patrulla.
Diálogo oportuno evitó bloqueo en Calamar y restableció la movilidad
En horas de la mañana de este lunes se registró un bloqueo vial en la entrada del municipio de Calamar, a la altura de las letras representativas, protagonizado por un grupo de transportadores informales conocidos como “paoleros”, lo que generó afectaciones a la movilidad y preocupación entre conductores y habitantes del sector.
Durante la protesta, los manifestantes atravesaron árboles sobre la vía, interrumpiendo el paso vehicular en este importante punto de acceso al municipio. De acuerdo con la información recopilada, la manifestación se originó por el ingreso de buses de transporte público a distintos barrios, situación que, según los transportadores informales, afecta su sustento diario, dado que tradicionalmente prestan el servicio de transporte desde este sector hacia diferentes zonas de la localidad.
Ante este escenario, la reacción inmediata de la Policía Nacional fue fundamental. A través de un operativo de mediación policial, liderado por el señor intendente Jesús Arrautt Ramírez, se estableció un canal de diálogo directo con los manifestantes, priorizando la escucha activa, el respeto y la búsqueda de acuerdos que permitieran una solución pacífica.
Gracias a esta intervención oportuna, el bloqueo fue levantado de manera voluntaria, se logró el despeje total de la vía y se restableció la movilidad, sin que se presentaran alteraciones del orden público ni hechos que afectaran la convivencia ciudadana.
El señor coronel Diego Fernando Pinzón Poveda, comandante del Departamento de Policía Bolívar, destacó la importancia de la mediación en este tipo de situaciones:
“Nuestro compromiso es privilegiar el diálogo como herramienta fundamental para la solución de los conflictos. Seguiremos trabajando de la mano con la comunidad para garantizar la convivencia pacífica y evitar afectaciones a la movilidad y la tranquilidad ciudadana”.
Este resultado resalta el valor de la mediación policial como una herramienta eficaz para transformar escenarios de tensión en soluciones pacíficas, evitando la escalada de conflictos y fortaleciendo la confianza entre la ciudadanía y las autoridades.
Finalmente, las autoridades reiteraron el llamado a la comunidad a resolver sus diferencias mediante el respeto, la comunicación y la concertación, priorizando siempre el bienestar colectivo.